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Mostrando entradas de julio, 2026

Bajo la niebla…

Bajo la niebla… En otoño, por la mañana temprano, la bruma de la ría invade los capos y la ciudad, la envuelve en un abrazo de oso con un olor peculiar, olor que recuerda a las algas, al pescado fresco, a la madera calafateada de los botes de pesca…te levantas, te vistes y al abrir la puerta es como si entraras en otro mundo, un universo lleno de dudas, de formas difuminadas, de preguntas que solo se contestan con un avanzar casi de ciego. Me gusta mi ciudad bajo la niebla de otoño. Me traen recuerdos de los libros de Lovecraft o, ya pensando en algo más modernos y brutal, del amigo Stephen King de sus buenos tiempos, cuando sus novelas eran como un tajo a nuestras seguridades y un mono con sonajas nos podía fastidiar una buena noche o ese piloto nocturno… Bien abrigado avanzas por entre calles y bultos que se mueven como espectros, huyen de tu calor o de tu odio. Todo está cerrado y en silencio, no es una ausencia de ruido sino que este es como si estuviese contenido bajo panele...

Velatorio.

Velatorio. Nadie lloraba tanto en el velatorio del abuelo como la mujer de la esquina. Ni la abuela que, incansable,   iba atendiendo a todo el mundo, de una habitación a otra, al salón y de allí a   la cocina. Ni las mujeres, “las lloronas profesionales” que estaban para eso, llorar y llorar y llorar. Ni sus hijas, mis tías, ni las nietas lograban hacerse oír tanto. Bueno a las lloronas las llaman “plañideras”. El abuelo lucia esplendido en su ataúd abierto, sobre la cama del dormitorio con sus cuatro grandes cirios encendidos en las esquinas. Recién afeitado, lavado y vestido por las vecinas. Su traje negro de los domingos y la corbata, también negra, le resaltaban su tez cerúlea y un tanto azulada que se le había alisado como por encanto; sobre los parpados cerrados le habían puesto unas medallas de santos. Su pelo entre canoso y grisáceo era el de siempre, muy corto, a lo militar. Una cruz de madera en la pared, se inclinaba levemente sobre su rostro placido y sereno y...

Atajo.

Atajo. Te has quedado en la cama más tiempo del debido, esos diez minutos después de sonar el despertador que te das como un regalo, se pasaron de pronto de forma mágica en más de media hora. Vas a llegar tarde a la reunión, esa de la que dependerá tanto tu futuro dentro de la empresa y la consideración de tu trabajo. Te levantas corriendo, asustado. N te duchas. Un afeitado rápido, una pasada del cepillos por los dientes, la ropa del día anterior, no desayunas y te lanzas al garaje donde el coche está mal aparcado y otro le impide la salida correcta. No importa, no puedes perder tiempo, entras en el, dejas tu cartea en el asiento del copiloto y arrancas. Sabes que puede hacerlo, escaso sitio, hay que maniobrar peor no puedes perder más tiempo, el tiempo es oro y, en este caso, platino o plutonio radiactivo. Das marcha atrás, un poco adelante y girando a la derecha. Marcha atrás para la izquierda. Marcha normal par la derecha y ya vez que puedes salir. Eres un genio. Sales no sin...

Calle Alonso Cano, seis de la tarde,

Calle Alonso Cano, seis de la tarde. Es casi noche. Las luces de la calle y de los comercios encendidos. Los coches pasan poco a poco, con pereza, mientras sus dueños se impacientan por el atasco, el rojo del semáforo, los peatones cortando el paso. Hay poca gente transitando a pie, hace mucho frío. Nuestro involuntario protagonista es un hombre normal, nada especial que le distinga del resto del mundo salvo su actitud un tanto misteriosa. Se acerca medio disimulando a un coche y deja caer, con cierto disimulo, dos trocitos de papel rojo. Piensa que nadie la ha visto, parece avergonzado por lo que ha hecho. Se envara al escuchar la vos de una señora mayor despotricando en alto, casi en un grito. Al principio, el no sabe de qué habla, no escucha bien pero, conforme se acerca oye claramente que se dirige a él y lo que acaba de hacer. "....este civismo, como si no hubiera papeleras, los imbéciles tirando los papeles al suelo, una vergüenza, lo que había que ver, así va el mundo por...